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Vi una película que me dejó pensando bastante. La película es Green Book. Cuenta la historia de un pianista negro que contrata a un “bouncer” para que lo acompañe durante una gira por el sur de Estados Unidos. Dos mundos totalmente distintos… obligados a convivir. Y como pasa muchas veces en la vida, en esa incomodidad es donde salen las mejores lecciones. A mí me dejó tres, pero además me hicieron pensar en experiencias propias: La palabra y el honor. Hay una escena donde al conductor le ofrecen otro trabajo. El pianista, para retenerlo, le dice que le paga más. Y la respuesta impacta: “Yo no voy a aceptar más plata. Teníamos un trato… y lo voy a honrar.” Eso hoy no es tan común. Y siendo honesto… yo mismo he estado en ambos lados. He visto gente romper acuerdos por un poquito más de plata. Y también he tenido momentos donde uno se cuestiona: ¿me quedo o renegocio? es normal. Pero con los años he aprendido algo: la reputación no se construye en los momentos fáciles… se construye cuando nadie lo ve, cuando cumplir cuesta. En la vida… lo que más pesa al final es si la gente puede confiar en uno. Porque una vez que se pierde eso… es dificilísimo recuperarlo. La violencia nunca suma. Hay otra escena donde el conductor reacciona con violencia y termina todo peor. Y esto no es solo físico. Hoy vemos violencia en todo lado: en redes, en discusiones, en cómo reaccionamos cuando algo no nos gusta. Yo he estado ahí. En carreras, en momentos de presión, en decisiones de negocio… donde la adrenalina o el enojo lo pueden traicionar a uno. Pero cada vez estoy más convencido de algo: reaccionar en caliente no arregla nada, solo escala el problema. Respirar, pausar, dejar pasar… suena sencillo, pero cuesta. Y vale oro. La familia y la soledad. El pianista lo tiene todo: talento, dinero, reconocimiento. Pero vive solo. Y prefiere estar en ambientes incómodos antes que enfrentarse a esa soledad. Eso también pega porque en esta etapa de vida, con hijos, con familia creciendo, con proyectos… uno puede caer fácil en el ritmo de “más, más, más”. Más trabajo. Más metas. Más logros. Pero al final del día, lo que realmente importa es con quién comparte uno eso. A mí, por ejemplo, terminar una carrera y ver a mis hijos ahí… no hay nada que se le compare. O llegar a la casa después de un día pesado y simplemente estar. Eso no sale en ningún indicador… pero probablemente es lo más importante. Entonces, tres enseñanzas poderosas:
Nada de esto es nuevo pero a veces hace falta que alguien —o una película— se lo recuerde a uno. ¿Ya la vieron? ¿Cuáles películas les han movido el piso a ustedes? Pura vida. p.d. Probé hacer este contenido también en formato flyer con AI. ¿Les gusta más leerlo así o prefieren el texto completo? |
Soy Amadeo, un emprendedor de la vida, impulsado por lo social, amante de la adrenalina y papá de dos hijos. Me encantan los negocios, sobre todo los emprendimientos, pero lo que más me mueve es formar más capitanes, que como yo, puedan tener las oportunidades para ser feliz, soñar y dejar una huella.
Hace un par de meses fui a Guatemala para una boda en unas ruinas espectaculares en Antigua. El lugar increíble… pero por restricciones todo termina a las 9 pm. Así que de ahí la seguimos en un bar. Estábamos pasándola bien, pero ya no tenemos 18 y el sueño y el hambre nos empezaron a jugar en contra. Tipo medianoche decidimos ir en busca de comida y luego a dormir. Y en la salida, me encuentro un chiquito, tal vez de 7 años, vendiendo chicles. Me recordó demasiado a mi hijo. Medianoche… y él...
Este año inició movido, tan movido que ya ni sé cómo han pasado cuatro meses y siento que no hice nada, pero hice de todo. Sí, suena raro, ¿no? Pero es lo que siento. En mis rumbos de capitán voy pasando las olas de la vida, y hay momentos en que uno tira el ancla para reflexionar. No es fácil hacerlo, ya que el barco siempre lleva momentum, y esto le quita a uno la oportunidad de descubrir nuevos destinos. No siempre podemos hacer todo, es lo que llamamos los "trade-offs" de la vida. Las...
Hola, pura vida. He tenido varios meses en los que dejé de escribir. Perdí la constancia y, la verdad, me hace falta. Escribir es terapia. Es una manera de reflexionar que me hace sentir mejor. Nos obliga a concentrarnos en algo y bajar las revoluciones. Y eso, a mí, me cuesta mucho. Por eso voy a tratar de seguir haciéndolo… y ojalá no se aburran de mis habladas de paja. El otro día me pasó algo que me dejó pensando. Llegué al estadio y, apenas empezó el partido, escuché gritos e insultos....