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Hola, pura vida. He tenido varios meses en los que dejé de escribir. Perdí la constancia y, la verdad, me hace falta. Escribir es terapia. Es una manera de reflexionar que me hace sentir mejor. Nos obliga a concentrarnos en algo y bajar las revoluciones. Y eso, a mí, me cuesta mucho. Por eso voy a tratar de seguir haciéndolo… y ojalá no se aburran de mis habladas de paja. El otro día me pasó algo que me dejó pensando. Llegué al estadio y, apenas empezó el partido, escuché gritos e insultos. Mi primera reacción fue: “puta… qué intensos”, y me reí. He ido al estadio mil veces, pero por alguna razón ese día le puse más atención a todo. Y bueno… unos minutos después, ya estaba gritando yo también. El estadio tiene algo de ritual. Uno entra con una energía, se contagia de la gente, grita, salta, sufre, celebra… y sale distinto. A veces más relajado. A veces más encendido. Entonces me hice esta pregunta: ¿Será que ir al estadio es una forma sana de desahogo colectivo? Hay investigación que muestra que ver deportes puede aumentar el bienestar, sobre todo por dos razones:
En estudios, los rituales (cantos, gritos, etc.) generan alineación emocional y refuerzan el vínculo del grupo. En otras palabras: muchas veces no es el partido, es la gente. Uno sale “liberado” porque se sintió acompañado, visto, parte de un “nosotros”. Pero el otro lado es que también puede ser una trampa. La teoría popular dice: “suelte el enojo, grite, pegue algo, saque todo eso y se le pasa”. Pero alguna evidencia en psicología social ha encontrado algo contraintuitivo. En estudios clásicos de Brad Bushman, cuando la gente se enoja y luego “se desahoga” pegándole a un punching bag pensando en la persona que la molestó, termina más agresiva después (no menos). ¿Por qué? Porque ese “desahogo” mantiene el enojo activo en la mente y lo refuerza. Es como practicar el patrón. Gritar desde la pasión y la pertenencia puede ser positivo. Gritar desde la rabia y normalizar el insulto como lenguaje puede ser gasolina peligrosa. Y entonces surge la pregunta: ¿Y las artes marciales? A mí me encantan, y sentí el paralelismo: el saco de boxeo, el sparring, la intensidad. La diferencia clave es que, bien hechas, las artes marciales tienen estructura, reglas y propósito. Canalizan energía, sí, pero también entrenan control, respiración, técnica y humildad. No se trata de “ser violento”; se trata de dominar la activación. De hecho, la evidencia más reciente es bastante clara: lo que realmente reduce la ira y la agresión no es “sacarla” con más intensidad, sino bajar la activación del cuerpo. Actividades que nos calman —respirar profundo, caminar, meditar, entrenar con control— funcionan mejor que aquellas que nos aceleran todavía más. ¿Y entonces…? Creo que como seres humanos sí necesitamos espacios de tensión, grito, descarga, emoción. Somos animales sociales (ojo, no confundan con therians 😅). Pero hay dos caminos:
Entonces, gritar sí. Insultar, no. ¿Y ustedes? ¿Cómo se sienten después de ir al estadio? Abrazo. Por cierto… y que viva el Monstruo. Aquí estoy con mi cuñado, un liguista envenenado que convirtió a mis hijos en manudos. Así que sí, me pongo feliz cuando lo llevo al estadio… y lo veo sufrir un poquito 😅 |
Soy Amadeo, un emprendedor de la vida, impulsado por lo social, amante de la adrenalina y papá de dos hijos. Me encantan los negocios, sobre todo los emprendimientos, pero lo que más me mueve es formar más capitanes, que como yo, puedan tener las oportunidades para ser feliz, soñar y dejar una huella.
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