Mucho calor, poca calma


El calor de este finde no vino del clima, sino de la cabeza... de esos momentos en que las emociones se suben a mil. Siempre he sido una persona bastante competitiva, de las que no les gusta perder, que empuja fuerte, y además, bastante “fosforín”. Pero uno va creciendo, va cambiando. Y aunque sigo siendo apasionado por competir y por dar lo mejor de mí, siento que hoy mi nivel de control ha mejorado

Este año decidí volver a correr karts. Hacía más de 20 años que no me montaba en un kart. Mucha gente cree que tengo años de experiencia, pero la verdad es que solo corrí un año cuando tenía 17… y luego, a mis 30, me tiré una carrera en Estados Unidos que, para los que estuvimos ahí, fue más una prueba de supervivencia que una competencia. Esa sí quedó para la historia.

Hace unas semanas fui a practicar un viernes, y sin esperarlo, ese mismo día ya estaba inscrito en una carrera el domingo. Me monté, le di gas, y volví a sentir esa adrenalina que tanto me gusta. Pero me fue mal, sinceramente. Y aunque hoy corro solo por diversión, mi nombre todavía genera ciertas expectativas. Lo más duro fue cuando mis hijos me dijeron:
“Papi, ¿pero por qué no ganaste trofeo?” 😅

Y no es la primera vez que me pasa. De hecho, siempre trato de aprovechar esos momentos para enseñarles que en la vida no todo es ganar o perder, y que para llegar a ganar hay que trabajar muy duro, porque nada se consigue de la noche a la mañana. Aun así, no voy a mentir: sentí la presión de verdad. Podía dejarlo ahí o comprometerme conmigo mismo y ver hasta dónde podía llegar. Me decidí a intentarlo bien. Compré motor nuevo, entrené mejor y me preparé para la segunda fecha del campeonato.

El viernes y sábado de prácticas fueron duros. No lográbamos setear bien el motor, no me sentía cómodo manejando y nos manteníamos a media tabla, lejos de los punteros. Aun así, tenía fe para el domingo. Pero ahí cometí un error: por confiarme con un curso pendiente, no me validaron la licencia y me perdí la práctica inicial. Por dicha, pude hacer el curso ahí mismo y al final me dejaron correr.

En la qualy no pude ni completar una vuelta por un problema con el carburador. Tenía cuatro horas de estar ahí y no había podido dar ni una vuelta buena, pero bueno, salía desde atrás y decidí correr igual. Bandera verde. Primera curva, caos: varios karts se entrompan frente a mí, me tiro al zacate para evitar chocar, pero otro piloto se desliza y me pega. Fin de la carrera.

Ahí sí estuve tentado a irme. Era domingo, tenía horas de estar en pista, y mis hijos estaban donde mis suegros. Para mí, un domingo sin ellos es un domingo medio desperdiciado. Pero me dije: “tanto esfuerzo, tanto todo… ¿y me voy así?” Decidí quedarme.

El evento se atrasó por varios accidentes y justo cuando íbamos a salir de nuevo, empezó a llover. Más atrasos. Cambiar llantas. Yo ya estaba medio harto, pero en ese momento me puse a pensar: "Disfrute el momento, no sea malagradecido. Miles de personas quisieran estar aquí."

Me prestaron unas llantas usadas, logré montarlas, y salí a pista. Esta vez con otro enfoque: no quería chocar, solo quería correr y disfrutar. Muchos se entromparon, y yo logré pasar entre ellos. Empecé a agarrar ritmo. Venía segundo. En una frenada me pasé, me fui a la arena y me pasaron varios, quedé quinto. Empecé a remontar, volví al tercero. Intenté pasar al segundo por dentro, él trató de acelerar para salir más rápido, pero se entrompó y me lo llevé. Me fui al zacate otra vez.

Perdí muchísimo tiempo. Salí frustrado, pero seguí. Ya ni sabía si el kart frente a mí era de mi categoría, pero igual empujé. Cuando terminó la carrera, ese piloto me pasó y me empezó a sacar la mano, reclamando algo. Yo no entendía qué pasaba. Con la cabeza caliente, cuando paramos a pesar los karts, me le acerqué, le di en el casco y le dije:
“¿Qué es la vara?”

Empezamos a discutir. Y ahí, me suelta:
“Yo tengo 14 años.”

Me quedé frío. Claramente no tenía idea. Todos estamos con casco, en una categoría con pilotos de todas las edades. Me hice para atrás, reflexioné… y por supuesto, me fui a disculpar. Él también se disculpó, pero quedé con pena. Con él, con sus papás, con quien fuera que haya visto ese momento.

Pero bueno… eso también es parte del “calor” de las competencias. Me queda de lección. Porque al final, somos humanos. Nos equivocamos. Lo importante es reconocerlo, pedir perdón si hace falta, y seguir adelante.

¡Hola capitanes y capitanas!

Soy Amadeo, un emprendedor de la vida, impulsado por lo social, amante de la adrenalina y papá de dos hijos. Me encantan los negocios, sobre todo los emprendimientos, pero lo que más me mueve es formar más capitanes, que como yo, puedan tener las oportunidades para ser feliz, soñar y dejar una huella.

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