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Ser campeón es algo difícil de explicar. Ganar un campeonato produce un cambio importante en la mente. Después de lograrlo, uno ya no se siente igual dentro de ese deporte y, probablemente, comienza a obtener mejores resultados, porque ahora sabe que puede hacerlo. Por eso, para mí, el primer campeonato de mi hijo en gokarts era algo que, aunque no era indispensable, sí me parecía importante si quería intentar llegar lejos en esta disciplina. No por el trofeo ni porque ganar sea lo único que importa. Era importante porque quería que, desde una edad tan temprana, viviera la sensación de poder decir: “Puedo”. Quería que entendiera que, después del esfuerzo, de las carreras sufridas y de esos momentos en los que las cosas no salen como uno quisiera, si uno no se da por vencido, en algún momento aparece la oportunidad de ser campeón. Y se logró. El camino fue sufrido, pero también muy entretenido. Nunca lo había visto tan nervioso como cuando ganó la penúltima carrera. Se bajó del kart diferente a las otras veces y solamente me dijo: —Ya quiero que esto se acabe porque quiero ser campeón. Él sabía que todavía faltaba una carrera más. Personalmente, trato de no meterle presión. Aunque tampoco puedo mentir: cuando está compitiendo, muchas veces me convierto en un chiquito, gritando de emoción o de frustración. Sin embargo, con él he intentado manejarlo de una manera mucho más tranquila. Por supuesto que en mi casa propicio un entorno competitivo. Lo llevo en la sangre y en el corazón. Me gustan los retos, me gusta competir y, evidentemente, mis hijos también lo llevan dentro. En fin, para mí ese campeonato fue una semilla: una semilla de confianza, disciplina y carácter. Además, fue un título bien ganado y completamente merecido. Todo esto me trajo recuerdos de mi primera carrera de gokarts. Fue un completo fracaso. Quedé de último y, para rematar, a media carrera una llanta salió volando. Hasta ahí llegó mi debut. No sé si esa experiencia me ayudó directamente a construir carácter. Sería muy fácil decirlo ahora y convertir cada fracaso en una gran lección. Pero sí sé que, de alguna manera, aquella experiencia también me formó, aunque definitivamente no fue la mejor. De hecho, fue mi única carrera en ese momento. Después de eso no volví a competir en gokarts hasta los 17 años. Hoy no recuerdo exactamente por qué no continué, pero supongo que la experiencia no ayudó mucho. No solo me dieron una paliza en la pista, sino que, además, una llanta salió volando. Mi segundo debut en gokarts fue otra historia. Esta vez hicimos las cosas de una manera diferente. Trajimos a un brasileño muy bueno para apoyarnos, teníamos una mejor preparación, un mejor equipo y todo era mucho más serio. Así llegó mi subcampeonato nacional y también una carrera en Estados Unidos en la que estuve muy cerca de subir al podio. Pero todavía no era campeón. Ese título llegó un año después, durante mi debut en la Copa Yaris. Y es que, cuando uno se convierte en campeón, sí existe un antes y un después. No porque un trofeo convierta a alguien en una mejor persona. No porque ganar sea lo único importante. Y mucho menos porque un campeonato defina todo lo que uno es. Pero ganar algo importante sí cambia la mentalidad. De alguna manera, empodera, libera presión y le demuestra a uno que puede lograrlo. Todos los deportes tienen un componente psicológico, pero hay algunos en los que la mente pesa todavía más. El automovilismo, al igual que el tenis, es un deporte muy preciso, individual y mental. Uno puede tener talento, velocidad y ganas, pero si no cree en sí mismo o permite que la mente le juegue en contra en el momento decisivo, difícilmente va a ganar. Esa confianza no se compra. Se construye. Pero también se construye perdiendo. Se construye cuando el motor falla y uno vuelve a montarse. Cuando una decisión parece injusta y uno aprende a manejar la frustración. Cuando otro competidor fue más rápido y hay que reconocerlo. Cuando uno hizo todo bien, pero, aun así, el resultado no llegó. Uno no se convierte en campeón solamente el día en que levanta el trofeo. Uno se va convirtiendo en campeón en todos esos momentos en los que pudo rendirse y no lo hizo. En los días en los que perdió y volvió a intentarlo. En las carreras en las que se equivocó y aprendió. En las veces en las que sintió miedo, pero, aun así, decidió montarse. No siempre sabemos exactamente qué nos enseñó una experiencia en el momento en que la vivimos. Tampoco podemos asegurar que cada fracaso nos hizo más fuertes. Algunas veces fueron, simplemente, experiencias difíciles. Pero con el tiempo uno comprende que, de alguna manera, todas esas experiencias también lo fueron formando. Cuando un niño logra algo que realmente le costó, algo por lo que tuvo que luchar y que nadie le regaló, ahí es donde está la verdadera magia. |
Soy Amadeo, un emprendedor de la vida, impulsado por lo social, amante de la adrenalina y papá de dos hijos. Me encantan los negocios, sobre todo los emprendimientos, pero lo que más me mueve es formar más capitanes, que como yo, puedan tener las oportunidades para ser feliz, soñar y dejar una huella.
Hace un par de meses fui a Guatemala para una boda en unas ruinas espectaculares en Antigua. El lugar increíble… pero por restricciones todo termina a las 9 pm. Así que de ahí la seguimos en un bar. Estábamos pasándola bien, pero ya no tenemos 18 y el sueño y el hambre nos empezaron a jugar en contra. Tipo medianoche decidimos ir en busca de comida y luego a dormir. Y en la salida, me encuentro un chiquito, tal vez de 7 años, vendiendo chicles. Me recordó demasiado a mi hijo. Medianoche… y él...
Este año inició movido, tan movido que ya ni sé cómo han pasado cuatro meses y siento que no hice nada, pero hice de todo. Sí, suena raro, ¿no? Pero es lo que siento. En mis rumbos de capitán voy pasando las olas de la vida, y hay momentos en que uno tira el ancla para reflexionar. No es fácil hacerlo, ya que el barco siempre lleva momentum, y esto le quita a uno la oportunidad de descubrir nuevos destinos. No siempre podemos hacer todo, es lo que llamamos los "trade-offs" de la vida. Las...
Vi una película que me dejó pensando bastante. La película es Green Book. Cuenta la historia de un pianista negro que contrata a un “bouncer” para que lo acompañe durante una gira por el sur de Estados Unidos. Dos mundos totalmente distintos… obligados a convivir. Y como pasa muchas veces en la vida, en esa incomodidad es donde salen las mejores lecciones. A mí me dejó tres, pero además me hicieron pensar en experiencias propias: La palabra y el honor. Hay una escena donde al conductor le...