Fui al Infierno Verde y salí vivo


El infierno no existe. Al menos eso creía yo.

—Póngase el casco. Le toca probar el carro.

Había esperado casi un año para escuchar esas palabras. Me puse el casco, me subí al carro y vi hacia afuera. El cielo estaba completamente gris y, apenas salí de pits, empezó a llover.

El Nürburgring mojado intimida desde la primera curva. En la curva 4 había un accidente. En la 9, otro. No llevaba ni una vuelta y ya había entendido el mensaje: hoy era un día para estar al 110%.

Lo positivo era que la meta no era ganar, sino sobrevivir ocho vueltas sin hacer ninguna tontera.

Necesitaba completar esas vueltas para sacar la licencia B y que me dejaran correr al día siguiente. No tenía que ir al límite, pero sí demostrar que conocía la pista, entendía las reglas, respetaba las banderas y podía mantener la cabeza fría cuando las cosas se complicaban. Y se complicaban bastante.

Con lluvia, cada vuelta nos estaba tomando alrededor de once minutos, pero adentro del carro se sentían como veinte. Once minutos concentrado en absolutamente todo. En dónde frenás. En dónde acelerás. En el agua. En el carro que viene atrás. En el accidente que acaba de pasar. En la bandera que aparece adelante. Y, sobre todo, en recordar qué &%$# viene después de la próxima curva.

Porque ese es quizás el secreto más importante para correr en Nürburgring: hay que sabérselo de memoria.

El Nordschleife tiene más de 20 kilómetros y más de 70 curvas. Subís, bajás, entrás al bosque, salís del bosque y llegás a lugares donde vas a más de 250 km/h sin poder ver qué hay del otro lado.

En un circuito normal uno puede aprender relativamente rápido las referencias. Acá, cuando empezás a sentir que ya te aprendiste una parte, todavía te queda un circuito entero por memorizar. Por algo Jackie Stewart lo bautizó hace décadas como “The Green Hell” —el Infierno Verde—.

Mi entrenamiento había empezado muchos meses antes y a miles de kilómetros de Alemania. Había empezado en mi casa. Frente a un simulador.

Cuando decidí que quería correr acá, sabía que llegar a improvisar no era una opción. Así que me tocó darle horas a iRacing hasta aprenderme la pista. Para ser sincero, no soy de esos que podrían pasar el día entero felices en un simulador. Me gusta, pero si me dan a escoger, prefiero mil veces sentir un carro de verdad.

Vuelta tras vuelta. Error tras error. Curva tras curva. Hasta que poco a poco algo empezó a pasar: dejé de pensar qué venía después. Simplemente lo sabía.

El simulador se ha convertido en algo increíble para el automovilismo. Hay una generación entera que está aprendiendo a correr desde su cuarto y luego llega a una pista real y demuestra que lo aprendido funciona.

Yo no me convertí en “sim racer”, pero tengo que admitir algo: cuando estaba bajo el aguacero en Alemania y podía anticipar una curva que todavía no veía, agradecí cada una de esas horas frente a la pantalla.

Finalmente completé las ocho vueltas. Me bajé del carro cansado y, principalmente, aliviado. Había pasado la primera prueba. Ahora sí podía correr.

Al día siguiente estaba sentado nuevamente dentro del Cayman esperando la salida. Esta vez la sensación era diferente. Ya no había que demostrar que podía dar ocho vueltas. El reto era mayor: correr cuatro horas, dos por piloto, sin cometer errores.

Lo más desafiante era ir en un carro más lento. El permiso nos obligaba a correr con un 25% menos de potencia y más peso. Entonces se vuelve una lucha por no salirse de la pista, respetar las banderas y evitar que los carros más rápidos lo choquen a uno. Hay que ir muy pilas, viendo los espejos y la pista al frente al mismo tiempo.

Mucho más fácil ir en un carro rápido…

Bandera verde. Salíamos en el grupo 3 de 4. Los grupos se organizaban por la potencia de los carros y nosotros estábamos en uno de los pequeños. Eso significaba algo inevitable: los carros grandes nos iban a alcanzar.

Yo sabía perfectamente que iba a pasar. Lo que no sabía era cómo se iba a sentir.

Llegó en la vuelta 3. Primero fue el sonido. Hay algo curioso en escuchar un carro de carreras acercándose por detrás. Uno no necesita verlo para saber que viene. El sonido empieza pequeño y, en cuestión de segundos, se convierte en una especie de amenaza que te llena todo el casco.

Miré por el espejo. Ahí estaban los líderes. Pensé que podía aguantar un poco más. Faltaba relativamente poco para una recta y ahí podría dejarlos pasar fácilmente.

Pero me alcanzaron en plena sección de curvas rápidas. Vi uno en el espejo. Después otro. Y otro. De repente tenía diez carros encima de mí luchando por el primer lugar. Y pocas veces manejando un carro me he sentido tan poquito.

Ahí estaba yo, dentro de un Porsche Cayman GT4 de carreras, sintiendo que andaba en un go-kart.

Los carros GT3 empezaron a pasarme. Por un lado. Por el otro. Algunos prácticamente juntos. Ellos peleando por posición y yo tratando de mantener mi línea, mirar hacia adelante, mirar los espejos y no hacer ningún movimiento inesperado.

Durante unos segundos mi objetivo dejó de ser correr. Era simplemente: Por favor, que ninguno me pase por encima.

Fue una sensación extraña. Aplastante, intimidante… y al mismo tiempo espectacular.

Hay experiencias que uno no sabe si está disfrutando mientras suceden. Duelen un poquito. Te hacen sentir vulnerable. Te recuerdan que no sos tan bueno como creías cinco minutos antes. Pero cuando terminan, son precisamente las que más recordás.

Los líderes desaparecieron adelante tan rápido como habían aparecido. Volvió el silencio relativo dentro del carro.

Y seguimos.

Una vuelta. Después otra. Y otra.

Hasta que finalmente llegó la bandera.

Habíamos terminado.

No ganamos. Ni siquiera estuvimos cerca. Pero esta vez el trofeo nunca había sido ganar.

Cuando hace un año decidí venir al Nürburgring, me había puesto otro objetivo: obtener la licencia A para poder aspirar algún día a correr las 24 Horas de Nürburgring.

Con los años me he ido dando cuenta de que uno puede acumular muchas cosas, pero probablemente las que más valor terminan teniendo son las experiencias. Y, curiosamente, las mejores no siempre son las más cómodas.

Son las que nos hacen dudar un poquito antes de empezar. Las que nos obligan a prepararnos. Las que por momentos nos hacen sentir pequeños. Las que nos recuerdan que todavía tenemos muchísimo que aprender.

Tal vez por eso seguimos buscando nuevos retos.

No necesariamente para demostrarle algo a alguien.

A veces simplemente para sentirnos vivos.

Hace un año decidí que quería conocer el Infierno Verde.

Este fin de semana finalmente entré.

Y, por dicha, salí vivo.

¡Hola capitanes y capitanas!

Soy Amadeo, un emprendedor de la vida, impulsado por lo social, amante de la adrenalina y papá de dos hijos. Me encantan los negocios, sobre todo los emprendimientos, pero lo que más me mueve es formar más capitanes, que como yo, puedan tener las oportunidades para ser feliz, soñar y dejar una huella.

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