La última vez que lloré.


Hola. La semana pasada tuve el honor de participar en un programa de fellows llamado CALI (Central American Leadership Initiative). No es algo meramente empresarial; es más bien un espacio que busca reunir a líderes centroamericanos de diferentes ámbitos en un momento de inflexión, para ayudarnos a ser mejores personas.

Lo más bonito es que todo termina en un llamado a la acción: cada uno debe crear un proyecto social.

En este encuentro uno se abre mucho. Se trabaja desde la vulnerabilidad, desde ese estado natural donde el corazón está por encima del resto. Donde dejamos las “máscaras” a un lado y aparece el verdadero yo.
Y sí, muchos lloranron. Yo no.
Aún no sé por qué. No sé si ya he llorado mucho en algunas etapas de mi vida o si fue porque había llorado hace poco.

Y ustedes, ¿Se acuerdan de la última vez que lloraron?

Yo sí. Fue hace unos días, y lo curioso es que no lloré por nada en especial.

Soy alguien sensible, pero también bastante racional. Me gusta resolver y seguir. Pero eso no significa que no me haya tocado llorar como un niño más de una vez. Llorar es necesario. Es como un desahogo que limpia por dentro.
Va a sonar feo, pero es un poco como vomitar cuando uno está mareado: duele, pero al final te alivia.

La vida va a gas tabla, y eso no es malo; significa que uno está entretenido, en movimiento.

Yo me siento feliz. Pero de vez en cuando mi cuerpo me pide una pausa.
Casi siempre sucede cuando estoy con mis hijos, cuando los acuesto y los abrazo.
Ellos me abrazan de vuelta con una inocencia y un amor que no se pueden explicar.
Ahí quisiera congelar el tiempo.

Y entonces empiezo a pensar en la vida, en cómo no sabemos cuánto tiempo tenemos.
No es que viva con miedo, pero en esos momentos me invade una mezcla de gratitud y nostalgia.
Pienso en todo lo que he vivido, en lo que falta, en lo que quiero dejar.
Y sin querer, se me salen las lágrimas.
Lágrimas calladas, de felicidad… y de saber que algún día estos momentos no se repetirán.

Suena dramático, pero no lo es. Es bonito. Me obliga a reordenar mis prioridades y hacerme preguntas:

¿Disfruté al máximo mi día?
¿Regañé más de la cuenta?
¿Me tomé algo demasiado en serio?
¿Cómo puedo aprovechar mejor mi tiempo?
¿Cómo puedo ser un mejor papá?
¿Qué tengo que soltar para seguir creciendo?
¿Qué quiero realmente en los próximos años?

Y así, me quedo unos minutos pensando. No mucho.
Luego salgo del cuarto, con el corazón un poco más liviano.
Y sigo. Ojalá mejor que antes.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue la última vez que lloraron?

Gracias —de verdad— por ser parte de mi vida, aunque sea un poquito.


Abrazo fuerte.

¡Hola capitanes y capitanas!

Soy Amadeo, un emprendedor de la vida, impulsado por lo social, amante de la adrenalina y papá de dos hijos. Me encantan los negocios, sobre todo los emprendimientos, pero lo que más me mueve es formar más capitanes, que como yo, puedan tener las oportunidades para ser feliz, soñar y dejar una huella.

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